Hace unos días descubrí en carne propia a que se refería Mao cuando hablaba de la religión como "el opio del pueblo". Aunque no ahondaré al respecto de esta cita ni de la anécdota que me hizo pensarla, me parece que la alienación no está en la religión per sé, sino en la fe (creencia ciega e indiscutible hacía lo que sea: energía, líder político, señor colgado en la cruz, virgen, etc...).
En las sociedades al borde del colapso, lo único que las puede unir es la idea de la salvación mágica, la esperanza del milagro que resuelva lo irresolvible. Desgraciadamente, al depositar el cambio en una fuerza externa, el individuo niega su responsabilidad como actor de la tan deseada transformación. Se convierte en un ser que espera, espera, espera, espera... y mientras espera, realiza rituales que van desde caminar kilómetros, baños de luna, desfiles con interminables discursos hasta colgarse ellos mismos de la cruz y mutilar partes de su cuerpo.
¿Esos actos simbólicos desembocan en la obtención de eso que tanto anhelan las sociedades? y al final ¿Qué es verdaderamente lo que desean?
"La fe mueve montañas" pero hace mucho que yo perdí la fe y espero que las montañas se queden en donde están.
Pues en realidad creo que es hora de dejar el romanticismo religioso y afrontar que Dios no existe. Y ¿por qué lo digo? No lo puedo afirmar con ejemplos, pero, si buscamos en lo más profundo de nuestra intuición encontraremos que lo que nos indica la inexistencia de poderes superiores no son actos específicos que desafíen históricamente el concepto de "Jesús", o "la Virgen". Basta con analizar socialmente los entornos en donde la religión es el factor más importante y lo que llega a ocasionar. Veremos que la vida medieval y la ciudad de México se encuentran en el mismo lugar en este rubro. En pocas palabras: hay demasiadas cuestiones sociales que demuestran que la religión es una serie de acciones ciegas para encontrar salidas fáciles.
ResponderEliminarAh y también arcáicas. ¡Por el amor de Dios! Estamos en el Siglo XXI. Es un poco tonto que nos de miedo desafiar la existencia de una institución (religión en general) que, al ser analizada, sólo arroja verdades a medias, mucha corrupción y más dudas que nada.
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